Entrar a una sala de conciertos y no saber si va a tocar el grupo que conoces o alguien más, quizá sea sinónimo de que estás en un-sitio-digno. Me pregunto quién se habrá inventado eso de que la música ya no es revolucionaria, no porque no sea verdad sino porque en ningún momento de la historia fue una funcionalidad exacta de ella.
Después de ver a Diles que no me maten en directo, puedo decir que esta raíz estructuralmente estrangulada por el medio, como un árbol urbano, empezó a crecer por el cemento, a sostenerse en él.
cierro los ojos para ver un lugar donde no estoy y que no voy a volver de Hiriku parece la premisa de un cómo-presentarse-a-un-directo-de-diles; presentarse a una arquitectura efímera, un edificio que no existe, no se puede visitar, un no-lugar al que te aseguran que no volverás, casándose así con la fidelidad de que cada concierto será único para el grupo, con la improvisación del jazz que promete el disco, y con la idea de girar - al que no se volverá jamás. Un paseo de clarinetes abre la puerta, todo está escrito en agua y desemboca en alguna parte, pasa por piedras grises mojadas, se estanca en el silencio, las palabras dejan de importar.
Ya con el hecho de que sea un grupo de instrumentos, de art-rock, me pregunto cómo puede sonar tan fresco. Eso me lleva a pensar que la voz masculina de Jonás, desde donde se compone la lírica de este cuento, quizá de su persona, hable de un carácter muerto, que vivió un momento y ya no queda rastro de él en la calle. Su voz - que no responde, es un instrumento también, que deriva entre la poesía y la música y llega a cuestionar con qué nos quedamos de cada disciplina artística, que el moderno segmenta y fragmenta, para decir qué es esto y qué es lo otro.
Pienso en la ciudad hace cien años, pienso en los oficios manuales. Pero en este disco no hay melancolía, no hay nostalgia de un tiempo pasado, sino de un espacio incrustado de vínculos amargos. Es verano y las plantas se secan, también en las esquinas, las que ya no rebrotan entre las paredes de cemento, de las calles que pisamos.
Pienso en Yung beef como persona sentimental, como artista post-moderno y quizá tiene sentido que me venga a la mente como voz masculina en español, aunque sean géneros totalmente distintos, tanto la voz poética de Jonás Derbez como la de Yung beef no se quedan en el victimismo característico del Hombre que se infla en lo masculino. Normalmente son hombres cis los que se encuentran cómodos en este escenario creativo, continuamente tan abrazado por la sociedad, de sentirse solo en este mundo que no se entiende, en la lucha literaria de el hombre contra el mundo, que los problemas vienen de fuera, y la salvación en el vínculo romántico.
No sé qué tiene una voz masculina hablar de ternura hoy en día - hacerla con la palabra. Desde el contexto lésbico que habito, que una mujer hable de que hoy en día lo revolucionario es la ternura, parece una evidencia hacia afuera, un producto, una premisa de que la mujer sigue pensando en refugiarse, en hablar para el otro. Solo tiene sentido en lo erótico corresponderse con esas palabras en lo colectivo. Quizá en este caso, Diles ha venido a crear ese espacio - fuera de, lo colectivo, en tanto que no exige nada de un público introspectivo, salvo para cantar el hit más conocido.
venimos de un lugar que aún no existe
ni tú ni yo sabemos nada
cuando el sueño se rompió, nos inventamos otros sueños
historias de dinero
historias de ciudad [...]
no estoy en ese lugar que llevo dentro
en este adentro
que parece que no acaba
uxío, a 5 de agosto de 2026